Por Rodolfo Braceli, Desde Buenos Aires
Pero en la ardua, en la imprescindible pulseada, Mendoza es lo que es, por la índole de sus personajes. Mendoza ha anidado y anida hacedores de Vida muy singulares. Y es lo que es por sus poetas, narradores, pintores, grabadores, escultores, músicos, cantantes, pensadores, deportistas, y algunos políticos.
Me atrevo a esta lista sabiendo que muchos quedarán sin nombrar. Mis disculpas, pero, felizmente, la lista es numerosa. Nombro en voz alta a Gildo D´Accurzio, Alfredo Bufano, Antonio Tormo, Jorge Enrique Ramponi, Armando Tejada Gómez, Antonio Di Benedetto, Leonardo Favio, Víctor Legrotaglie, Sergio Sergi, Daniel Riolobos, Hilario Cuadros, Carlos Alonso, Feliz Dardo Palorma, Quino, Juan Draghi Lucero, Víctor Delhez, Pascualito Pérez, Benito Marianetti, el cura Contreras, Ernesto, el Contreras ciclista, Renato Della Santa, Paco Bermúdez, Arturo Andrés Roig, Luis Quesada, Nicolino Locche… En esta lista de seres linternas, de seres alumbradores, desde luego que no puede faltar don Ángel Bustelo.
Bustelo fue un militante de la coherencia, un rarísimo candidato en algún momento a la presidencia de la república, escritor, poeta, político en quien debieran abrevar quienes dicen ser protagonistas de esa “nueva política” que se reduce a los vacíos lugares comunes dictados por los asesores publicitarios.
Lo recuerdo a Bustelo siempre habitado por su ironía cordial, portador de una sabiduría sin almidones ni impostaciones, una sabiduría entrañable con el emocionante sabor de los panes amasados en las casas.
En mi biografía sobre Mercedes Sosa, Mendoza tiene varios capítulos que considero esenciales para contar la vida de nuestra Negra. Uno de esos capítulos está dedicado a don Ángel Bustelo. A una carta suya que la Negra atesoraba en lo más hondo del cofre de su corazón. Ella me dio esa carta para guardarla en adelante. Escrita sobre un papel amarillo, era para Mercedes como un precioso talismán. Pienso y siento que esa carta de Bustelo a La Negra lo pinta, nos lo muestra a él en su costado más entrañable, más intenso. Si me piden que hable sobre Bustelo, que cuente cómo era, recurro a aquel capítulo de mi libro “Mercedes Sosa, La Negra” (Sudamericana, 2003)
En lo que sigue escuchemos a nuestra Mercedes Sosa:
–Hay momentos que son como relámpagos. Yo me di realmente cuenta que estaba sola cuando me quedé sin el llavero, afuera de mi casa. Vivía en Madrid, bajé a dejar una bolsa de residuos y la puerta se cerró por el viento y ¡Dios mío! Las llaves adentro y adentro ¡nadie!... ¿Qué es la soledad? Eso es la soledad: quedarse sin las llaves y no tener quién le abra la puerta de la casa.
(…)
“Es indudable que por ahí nosotros los artistas sentimos que nadie está tan solo como nosotros. Eso nos pasa por el contraste. De repente uno tiene ahí, a metros, diez mil, veinte mil personas aplaudiendo, y de repente no tiene nada, nos sobra cama por todos lados. A mí me pasó en tantos lugares, por ejemplo, en Alemania: una multitud de cien mil personas estoicas bajo la nieve y el frío, la gente, un mar de gente gritando, después decenas de autógrafos, después... je, lo de tantas veces en las giras: llegar al hotel y tomarse una de esas sopas instantáneas... Pero, ¿voy a quejarme yo? Pienso ahora en lo que habrá sufrido, Fernando Nadra, ese noble compañero cuando en la vejez fue corrido del partido comunista. Hay muchas maneras de matar a la gente; ésa, la de Nadra, es una.
“Las cosas tienen su hora. Hace un rato, entre medio de un libro, me encontré con una carta escrita en papel amarillo por ese otro gran compañero del partido, Ángel Bustelo, mendocino. Yo estuve en su casa de descanso, en Mendoza. Me vio muy triste y me mando esta carta conmovedora, invalorable para mí:
“El Resuello, jueves 8 de febrero de 1996. Querida Mercedes, perduran las imágenes de anoche, teniéndote a mi lado, en ese parque que ha ido haciendo, con tesón y cariño, mi mujer, en medio de flores y pinos, y como telón de fondo, una enorme luna roja (como la del cuento de Roberto Arlt y la pintura de Seoane).
“Siento necesidad de hacerte estas líneas que vos leerás recorriendo caminos, de esta patria tan lastimada, cuya entraña han querido corromper los miserables. Te vi, Mercedes, muy cansada y profundamente triste cuando, al terminar la fiesta, rodeando las cepas incendiadas, te llegaron las canciones y los versos de Pocho y Jorge Sosa, las memorias de nuestro poeta mayor, Armando, el llorado Armando Tejada Gómez.
“Aun siento entre esas llamas, que avivaban recuerdos tan nuestros, tu abrazo, tu cara arrimada a mi pecho y ese sollozo tuyo, tan dulce, como una flor silvestre, una margarita querendona, un clavel montuno o un geranio en lata. Me sacuden tus palabras de mater dolorosa pintada por Murillo: “Me siento muy sola...” Y mi respuesta: No lo estás, Mercedes, no hay mujer en todo el país, que tenga la compañía solidaria de tanta gente, un pueblo entero que, con excepción de uno en Tucumán, está compartiendo tus canciones mágicas, llena de nostalgias y valentía. El llanto nos cubría los ojos, pero me pareció ver un rayo de esperanza, cruzándote el rostro aindiado, parecido al de tu madre, doña Ema, embellecido en el de tus nietos, Araceli y Agustín.
“Para que te queden grabadas esas palabras llenas todas de verdad, te estoy escribiendo. Te acompaña todo un pueblo, Mercedes. Yo, en mi larga vida, no he conocido otro caso. Aunque se me viene al seso la imagen de Lisandro de la Torre, poniendo fin a su corazón, trisado por aquel balazo (5 de enero de 1939), que yo sufrí tanto (cinco días después estuve en su departamento de la calle Esmeralda y vi la mancha de sangre). De la Torre, el gran tribuno, creyó que había quedado solo y que todo su esfuerzo, atacando miserias y corruptelas de los menem de aquel tiempo, había resultado en vano. Se equivocó Lisandro, como le sucede generalmente a los grandes; como San Martín, desde su exilio voluntario, creyendo que los argentinos lo habían olvidado, muriendo en puerto de Francia, casi pisando el navío del viaje de su regreso.
“Mercedes, hermana nuestra, te lo digo en el oído, besando tu rostro, serio como el de una esfinge: no estás sola. Te lo dice tu amigo viejo al que no le gusta hablar zonceras. Que no te gane nunca esa sensación de angustia. Te voy a contar algo para que los recuerdes, por si un día de estos, noventón como soy, ya me mando a mudar... Era 1914. Mi padre, Ángel Bustelo, que era cónsul de España en Mendoza, arrendó un departamento en Madrid, frente al Palacio Real. El rey era Alfonso XIII, andábamos por los pasillos de Palacio como si fuera nuestra casa. En el departamento de abajo del que ocupábamos, vivió aquel tenor memorable, el más grande que España haya tenido, Julián Gayarre. Yo tenía cinco años y recuerdo cuando papá nos hablaba de este tenor famosísimo y de aquélla su muerte aciaga, justo en ese departamento arriba del que vivíamos. Fue en 1890. Gayarre cantaba en el Teatro de la Ópera y al llegar a una nota altísima se le rompió la garganta. Madrid, y su corte, y sus chulos y sus majas no salían de su asombro. Gayarre cayó en coma para no levantarse más, se negó a todo alimento y su carne y su canto se fue consumiendo lentamente. El día del entierro en España se lo recuerda como entre nosotros pudo ser el de Gardel en 1935 o el de Irigoyen en 1933. Mi padre nos contaba (él tenía 16 años) que la gente enronquecía elevando un clamor como plegaria: “¡Gayarre ha muerto. Viva Gayarre!” Él creía que su pueblo lo había olvidado y nunca un pueblo estuvo más cerca de su artista preferido.
“Que jamás te cunda el desaliento. Piensa que los grandes nunca estuvieron solos. Que no es verdad lo que dijo el personaje de Ibsen en su drama “Un enemigo del pueblo: ´El hombre es más fuerte cuando está más solo.´” Lo repitió un día en el parlamento Lisandro de la Torre, y se equivocó. Y sí, a pesar de todo, en un momento dado te sientes sola, ven a verme, te daré un remedio como éste que te estoy dando. ¡Salud Mercedes Sosa! Te abrazo: Ángel.”
“Esta carta –sigue contando Mercedes–, en este instante me doy cuenta, tiene que estar muy cerca mío. Tan cerca como mi documento de identidad. Esta carta es un larguísimo abrazo a la distancia y me tiene que durar siempre. “Hermana nuestra – me dice don Ángel Bustelo– no estás sola. Necesito sentir que no estoy sola... ah, pero no es fácil eso. Hay momentos en que uno cambiaría el éxito, la fama, el aplauso de millones de personas, por la voz, por la caricia, por el sonido de la respiración de un solo ser compartiendo la habitación de uno, los días y sus noches...”
Posdata. ¿Cómo era Bustelo?
Esta carta suya a Mercedes Sosa, escrita sobre papel amarillo, lo muestra en su genio y figura, con su sabio pecho capaz hasta de ser un corazón abrigador del tan inmenso corazón de nuestra Negra mayor.
A propósito escribo, una vez más: ella no se nos ha muerto. Pongámosle nuestra oreja al aire. Ahí la tenemos. La Negra respira de otra manera. No descansa en paz, descansa en intensidad.)))
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