Por Dario Glielmi - Asesor Portfolio Finanzas.
Durante los últimos 20 años, y con un contexto inflacionario en donde veíamos como nuestro poder adquisitivo se diluía permanentemente, la palabra “ahorro” quedó fuera de nuestro vocabulario. Al transitar un entorno económico desafiante, corríamos al supermercado para comprar y acumular productos, porque los precios en mayor o menor medida subían.
Con el cambio de paradigma que estamos viviendo actualmente en la Argentina, donde la inflación está comenzando a ceder lentamente, podemos empezar a pensar en ahorrar parte de nuestros ingresos mensuales; para algún objetivo en particular, como por ejemplo un viaje especial o cambiar el auto.
Ahora bien, hay que tener en cuenta que el ahorro por sí solo no es suficiente. Hoy, más que nunca, resulta imprescindible comprender la diferencia entre ahorrar e invertir, y cómo articular ambos conceptos dentro de una estrategia financiera eficiente.
Ahorrar implica postergar consumo presente para disponer de recursos en el futuro. Es una conducta financiera saludable ya que nos permite planificar, pero limitada porque el dinero ahorrado pierde poder adquisitivo.
Desde una perspectiva económica, el ahorro puede cumplir tres funciones esenciales:
•Fondo de emergencia: cubrir imprevistos sin recurrir a endeudamiento.
•Orden financiero: generar disciplina en la administración del ingreso.
•Base para invertir: constituir el capital inicial.
Sin embargo, en economías con inflación estructural, el dinero inmovilizado pierde valor real. Es decir, no invertir implica, en términos económicos, perder dinero.
Invertir supone asignar recursos con el objetivo de obtener una rentabilidad futura, asumiendo un determinado nivel de riesgo.
Aquí aparece un concepto central en finanzas: la relación riesgo–rendimiento. A mayor expectativa de ganancia, mayor es el riesgo asumido. Por ello, no existe una inversión “buena” en términos absolutos, sino adecuada al perfil del inversor.
En el mercado de capitales argentino, existen instrumentos accesibles tanto para individuos como para empresas:
Perfil conservador
Fondos Comunes de Inversión (money market o renta fija)
Letras del Tesoro (tasas en pesos o ajustadas por inflación)
Cauciones bursátiles
Perfil moderado
Bonos soberanos o corporativos (en pesos o dólares)
Instrumentos ajustados por CER (inflación)
Obligaciones Negociables de empresas
Perfil agresivo
Acciones (empresas locales o internacionales)
CEDEARs (activos del exterior)
Activos vinculados a sectores estratégicos (energía, tecnología)
Generalmente observamos ciertas prácticas recurrentes que afectan a nuestra salud financiera como mantener grandes sumas inmovilizadas sin rendimiento, tomar decisiones basadas en “recomendaciones informales” o redes sociales (¡mucho cuidado con esto!), buscar rentabilidades extraordinarias sin comprender el riesgo o no diversificar (poner todos los huevos en una sola canasta).
Una regla básica en finanzas indica: “rentabilidad alta sin riesgo no existe”. Es fundamental desconfiar de promesas de ganancias rápidas.
Desde una mirada técnica, pero aplicable a cualquier persona, una estrategia eficiente debería contemplar
•Definir objetivos claros (corto, mediano y largo plazo),
•Determinar el perfil de riesgo
•Diversificar inversiones.
El rol del asesoramiento profesional
El mercado de capitales ofrece oportunidades concretas para financiar proyectos, proteger el capital y generar rendimientos reales, pero requiere conocimiento técnico y seguimiento constante.
•Optimizar la asignación de recursos
•Acceder a mejores instrumentos
•Reducir riesgos innecesarios
•Diseñar estrategias a medida
Ahorrar es el primer paso. Invertir es lo que permite que ese esfuerzo se transforme en crecimiento patrimonial.
En definitiva, la clave no está solo en cuánto se gana, sino en cómo se administra, se protege y se potencia ese ingreso a lo largo del tiempo.