Mendoza, de de ·  

Notas Entorno Investigación Domingo, 1 de Julio de 2018

Investigadores del INTA hallan 18 variedades de uva autóctonas

El equipo liderado por el ingeniero agrónomo Jorge Prieto busca dar relevancia a las uvas nativas de Argentina para la elaboración de vinos.

Las uvas criollas vienen captando la atención de los especialistas del vino en cuanto que suponen un reservorio de sabores para ofrecer al consumidor. En ese sentido, mientras que la hegemonía de las variedades francesas –como merlot, cabernet sauvignon o pinot noir– está en su apogeo en el mundo, otras variedades entran al tablero del sabor como una sal o una pimienta especiales. Tanto aquí como en el mundo.
En ese marco, el descubrimiento de variedades autóctonas del que dieron cuenta investigadores del INTA, bajo la dirección de Jorge Prieto, ofrece renovado aire justo en el momento indicado. ¿Por qué? Porque lograron desentramar una de las más intrincadas familias de variedades, conocidas genéricamente como uvas criollas, que se formaron en territorio americano.
Bajo el título “Identidad y parentesco de las uvas sudamericanas presentes en Argentina”, la Australian Journal of Grape and Wine Research publicó en 2017 la investigación de Prieto y otros autores. ¿Qué concluyeron? Dice Prieto: “De todas las variedades que estudiamos que estaban plantadas en la colección ampelográfica del INTA, al menos 18 resultaron uvas nunca descriptas y que se habían generado en Argentina por medio de cruzamiento entre variedades europeas y criollas entre ellas”. Es decir, uvas nativas que no existían en otro lugar del mundo.
Argentinas
En 1949 los ingenieros del INTA González y Vega emprendieron una serie de viajes por el NOA buscando variedades de uva no conocidas. Como premisa, según describe el estudio de Prieto, buscaban viñedos que tuvieran entonces más de 100 años. Los hallazgos fueron plantados en la sede del INTA Luján de Cuyo, Mendoza. En 1972 el ingeniero Alcalde completó el trabajo. Las plantas que no pudieron identificar quedaron inscriptas bajo el nombre “criollas” y un número: criolla Nº 1, Nº 125, etcétera.
Con las uvas de esa colección, Prieto y sus colaboradores empezaron a trabajar en 2008, ahora usando herramientas de ADN para discriminar al detalle el qué y el cómo de cada una. Eligieron 13 que habían sido descriptas y otras 24 que permanecían sin descripción. Al cabo, 18 variedades “resultaron ser genotipos no conocidos hasta ahora en ninguna de las bases de datos de la vid”, dice Prieto. Y agrega: “Al mismo tiempo, esos estudios nos permitieron identificar las variedades que, al cruzarse, le dieron origen a cada una de las criollas”.
De esas 18, algunas eran cruces entre variedades europeas pero ocurridas en Argentina y otras, cruzamientos de vides europeas y criollas y criollas con criollas, ocurridas entre los siglos XVIII y XIX en nuestro territorio.
“Lo interesante de este trabajo –apunta Prieto– es que de cada una de estas variedades realizamos elaboraciones de vino. Dos resultaron premiados en el último Vinandino”. Una de ellas es justamente la criolla Nº 1, un cruce de malbec y criolla grande. “Por ahora no tiene un nombre atractivo –dice el especialista– pero eso ya llegará. Lo importante es que se trató de la única criolla con potencial para vinos tintos. El que elaboramos fue tan rico como para obtener un oro en el concurso”, sentencia.
El valor de las criollas
Como se sabe, las criollas son un grupo de uvas muy dispar. “Algunas de las vides analizadas incluso son individuos únicos” -dice el estudio- que, conservadas en la colección, forman parte del germoplasma sudamericano que podría definir el gusto del vino local en el futuro.
Pero como la Vitis vinífera no es originaria de este continente, el mismo estudio apunta a las variedades europeas que dieron forma a las criollas. Sea como semillas en pasas o en estacas, llegaron Moscatel de Alejandría, incorporada al país por los jesuitas en el siglo XVIII; Listán Prieto, llegada al parecer de Canarias en el siglo XV, y Mollar Cano, a las que se suman Heptakilo y la Moscatel de Grano Chico, esta última típica del Loir.
¿Cómo fue que se mezclaron? Hasta el comienzo del siglo XX las uvas se plantaban mezcladas, por lo que se polinizaron entre sí. En todo caso, algunos de esos raros retoños fueron cultivados por los viñateros que creyeron o vieron valor en esas uvas. Otras, simplemente sobrevivieron en los viñedos, hasta que González, Vega y Alcalde las trasplantaron al INTA.
El malbec aporta a las criollas
De las 18 variedades halladas por los investigadores del INTA, una es especialmente interesante porque tiene posibilidades de dar vida a vinos tintos, cuando el resto sólo aporta a rosados y blancos. Se trata de la criolla Nº 1, combinación de malbec y criolla grande, que además ganó medalla de oro en la última Vinandino.
Fuente: La Mañana de Neuquén

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