Acerca de “Todos tenemos un plan”. La Argentina maleva

Acerca de “Todos tenemos un plan”. La Argentina maleva

La ópera prima cinematográfica de Ana Piterbarg es una película flojita pero con aristas más que interesantes, no tanto por la realización en sí misma sino por sus ambiciosas intenciones, que logran un clima bien logrado, gracias a dos cosas. Primero, porque la directora supo obtener excelentes actuaciones de Daniel Fanego, Viggo Mortensen, Sofía Gala Castiglione y Soledad Villamil, en ese orden (última quedó la Villamil porque le dieron un papel muy pequeñito). Y segundo, porque la temática de “Todos tenemos un plan” encaja perfectamente con los dilemas profundos, los que no se ven en la superficie pero crecen inquietantes en los subsuelos de la Argentina del presente. En ese sentido continúa a dos de los filmes que me- jor expresan nuestros actuales dramas existenciales nacionales: “El aura”, de Fabián Bielinsky, y “El secreto de sus ojos”, de Juan José Campanella, aunque esté muy lejos de la excelencia de ambos antecedentes.

El problema de este film es que quien mucho abarca poco aprieta. Ana Piterbarg hace hablar poco a sus protagonistas, pero las veces que estos ha- blan se la pasan pronunciando sentencias acabadas, metáforas simbólicas, como si todos ellos fueran filósofos, pese a la precariedad de sus vidas. En el cine –como en casi todas las cosas, pero en este arte un poco más– quien explica pierde, porque a una buena película –más allá de si tiene, o no, mensaje o moraleja– se la goza por lo que muestra o por la historia que cuenta, cuando puede atraparnos y meternos dentro de ella. No obstante, esta directora primeriza suple la falta de experiencia con las ganas, que le sobran. Por eso a su pretenciosidad discursiva la salva con la creación de un clima por demás inquietante, el cual a la postre rescata al film de sus importantes falencias y lo impone como una muestra bien representativa del estado de situación del presente argentino.

“Todos tenemos un plan” es la historia de un médico urbano de mediana edad que se niega a adoptar un hijo como le pide su compañera. Es que no le encuentra sentido a su presente y ni quiere nada que lo ate al futuro. Digno representante de la Argentina nostálgica que hoy hace mella en tantos espíritus, lo único que desea es fugarse hacia el pasado para ver si en él halla el sentido de la vida que ha perdido por su rutina cotidiana. La oportunidad se le presenta cuando se reencuentra con su hermano gemelo, el cual vive pobremente en el Delta, donde ambos nacieron; allí se ha convertido en un marginal y cómplice de un asesino. Ahora, con un cáncer terminal a cuestas viene a pedirle a su hermano que lo ayude a bien morir. Pero el hermano médico encuentra la ocasión de hacerse pasar por el hermano marginal para regresar al lugar donde ambos vivieron su infancia, en busca del tiempo perdido o del paraíso que se supone está en la naturaleza alejada de las grandes urbes. Claro está que con ese retorno al pasado y a la naturaleza lo único que encuentra es el infierno, como le pasó al protagonista de “El secreto de sus ojos” cuando intentó volver a los años 70 para descubrir un secreto, o como le ocurrió al personaje de “El aura”, con ese recordado viaje de Ricardo Darín al Sur argentino, a la naturaleza en esta- do puro. Tanto el que volvió al pasado como el que se aisló en lo natural, en vez de otorgarle algún sentido a sus vidas, lo único que lograron es adentrarse en los abismos del mal. Algo parecido cuenta este film con el viaje del protagonista al Delta bonaerense, donde las pasiones primitivas explotan con todo su furor. Incluso nos recordar aquellas bizarras películas de Isabel Sarli en que el arribo de la seductora dama enloquecía, con sus baños desnudos en el río, a todos esos habitantes de los márgenes urbanos, capaces de matar y morir por satisfacer sus carnales deseos. En fin, que “Todos tenemos un plan” es un regreso, a la vez, al pasado y a la naturaleza para demostrarnos, por enésima vez, que no se puede huir de uno mismo, y que cuando se lo intenta, todo resulta mucho peor. Plagado de citas y referencias, el film comienza con la siguiente reflexión entre dos personas mientras sacan miel de un panal de abejas: “Cuando la colmena no anda bien, tenemos que cambiar de reina”, en clara alusión a temáticas políticas argentinas que exceden la historia narrada.

Luego muestra asiduamente la tapa de uno de los libros de Horacio Quiroga, para insinuarnos que lo que se busca es trasladar esos cuentos de la selva misionera y del bosque chaqueño a los espesuras del Delta. Por su parte, el argumento pretende ser traducción fílmica de la letra y el espíritu del tango “Malevaje”, vale decir, hablarnos de un hombre que está tan cambiao que ya no sabe quién es, por lo que se va a vivir con un malevaje que extrañao lo mira sin comprender hasta que, cuando pierde los últimos vestigios de guapo que le quedan… el drama inevitablemente estalla. Pero no avancemos más allá en la historia, por los que no vieron el film.

En síntesis, una obrita interesante que aconsejamos ver porque la directora puso toda la carne al asador y aunque el asado le salió un tanto arrebatado porque se apuró y pretendió demasiado, aún así es posible sentir en él todo el gusto, tan amargo como apasionante, de estos tiempos de este país en el que vivimos y que tanto amamos, aunque a veces con más dolor que placer.

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22 diciembre, 2014, 4:23 pm
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